EnglishFrançaisDeutschItalianoPolskiPortuguêsEspañol

Así es la vocación de una monja Clarisa en Soria

Sor María Rocío del Corazón de Jesús, Hermana Pobre de Santa Clara

Monasterio de Santo Domingo de Soria

¡Compártelo en redes sociales!

«El hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58)

Este el reclamo del Corazón de Dios por mí, que desde siempre me ha elegido para ser su esposa, para ser una con Él, para que en mí tenga dónde reclinar su cabeza… Y esta es la historia, muy sencilla, de cómo su empeño por mí ha sido tan fuerte que nada ni nadie ha podido arrebatarme de su Mano, hasta hacerme suya, en esta vocación preciosa e inmerecida como Hermana Pobre de Santa Clara.

He tenido la gracia inmensa de recibir el don de la fe, desde niña, en el seno de una familia muy buena. Fuimos además a un colegio reli­gioso, por lo que siempre fue natural para mi saberme amada por Dios y rodeada, custodiada por la Iglesia.

Tras haber hecho la Primera Comunión en la parroquia de nuestra zona (que llevaba mucho tiempo en obras y a la que acudía poca gente) llegó el momento de apuntarme a catequesis de Confirmación. Coinci­dió que mi hermano mayor tuvo que confirmarse en otra parroquia del pueblo, y allí descubrió a una Iglesia viva, con jóvenes… y nos arrastró a todos a ella, por lo que empecé allí la catequesis. Así, fui creciendo encantada de ir a todo lo que me proponían, aunque sin tener un en­cuentro personal con Cristo vivo; ya desde entonces, Jesús había sellado mi corazón para que algún día fuera suyo; puso en mí un deseo muy grande de amar de veras y con todo, y de ser así amada.

Soñaba, como cualquier otra niña, con casarme con algún famoso de los grupos de música que estaban a la moda y que me encantaban. En torno a ese mundillo, entablé amistad con chicas que conocí a través de Internet, más mayores que yo, con realidades totalmente distintas, y que, sin sa­berlo, me hacía mucho daño.

La vocación de un hermano

Pero el Señor, que tiene una predilección especial por mi familia, empezó a atraerme hacia Sí poniendo su mira­da sobre mi hermano mayor, que entró al Seminario. Aunque me costó la separación y el quedarme un poco “sola” en casa, fui descubriendo enseguida la gracia que suponía para todos su vocación.

Mi padre, que estaba un poco alejado de la fe, empezó a cambiar mucho: iba a Misa con nosotros, rezaba… A mí me encantaba ir cada domingo al Cerro de los Ángeles, para llevarle de vuelta al Seminario, y ver el ambiente tan bonito que tenían entre ellos, su alegría y cómo querían al Señor. De repente, a mi casa iban con mucha frecuencia sacerdotes, compañeros de mi hermano… que tanto me cuidaban y ayudaban. Así, “mimada” por Jesús por medio de estas manos protectoras, sentía cada día más la Iglesia como mía, mi casa, mi Madre.

Dios me necesitaba

Recibir la Confirmación fue una gracia muy grande que marcó un antes y un después. A partir de ese día empecé a experimentar fuer­temente que Jesús estaba Vivo y que tenía mucha necesidad de Él. Ya no me bastaba con la Misa de los domingos, sino que me quemaba el estar con Él.

Con apenas 14 años empecé a ir a Misa casi a diario, y siempre después nos quedábamos un grupito para rezar vísperas, y des­pués… Jesús se quedaba solo. Me impresionaba tanto el saber que todo un Dios, que estaba vivo, y además me amaba, estuviera tan solo… En el Sagrario de la parroquia, en la capilla del Cole… y sentía como una llamada muy fuerte a estar con Él cuando nadie estaba. Pensaba que era yo la que necesitaba a Jesús, pero poco a poco, día tras día, me mostraba que, ¡era Él quien me necesitaba!

Dios me necesitaba

Meses después trasladaron de mi parroquia a los sacerdotes de siempre, y aquello supuso un cambio muy grande. Comencé a hablar con el nuevo párroco de una cosa nueva para mí a la que llamaba “di­rección espiritual” y parecía muy emocionante. Y no sé por qué siempre me decía: “Rocío, Jesús te mira con ojos de enamorado”.

Un día me invitó a vivir la Semana Santa con más chicas en la hospedería de las Clarisas de Valdemoro. Solo sabía de ellas que mi hermano iba a rezar allí de vez en cuando y alguna vez que le acompañé en verano, casi muero de calor. Pero ya algo inquieta y tocada por el Señor, le dije que sí, y a partir de entonces, comenzó un camino precioso. Sin saber explicarlo muy bien, porque fue un proceso lento, vi en la vida de esas Hermanas todo lo que yo llevaba en el corazón: tenían a Jesús Eucaristía expuesto día y noche, ¡siempre!

Y su vida era estar con Él cuando nadie más lo estaba. Desgastarse a su lado, como la velita del Sagrario. Y decían una cosa que nunca había oído y que tanto eco tenía en mi corazón: “So­mos esposas de Jesucristo”. Ya no me pude quitar a Jesús Expuesto ni a estas hermanas del corazón. Y aunque conocía muchas otras monjas a las que quería mucho, Jesús me concedió descansar y sentirme en casa desde el principio con ellas, en este precioso carisma. Pero siendo aun pequeña, con 15 años, seguía viviendo mi vida normal.

No es que Jesús me abriera de repente en un día todo el Tesoro de la vocación, sino que lentamente y sin forzarme, cada día me mostraba un poquito más, ha­ciéndome madurar, profundizar… sirviéndose de muchos momentos, Palabras, signos… para grabar cada vez más la certeza de que era suya.

Empezó a formarse por entonces un grupito de jóvenes de la parro­quia con los que forjé una amistad muy bonita. Me encantaba salir con ellos porque siendo jóvenes normales… compartíamos al Señor, que se había metido tanto en mi vida que los posters y la música, Internet y todo lo demás fue perdiendo peso y desapareciendo.

Amada

Una noche, volvía del Mc Donald’s con ellos en el coche, y como solíamos hacer, nos que­damos hablando hasta tarde. Esa vez, no sé por qué, mis amigos habla­ban de lo que era estar enamorado, de lo que es el amor… Yo tenía un deseo muy profundo de eso, y a medida que avanzaba la conversación, me fui dando cuenta de que todo eso me estaba pasando a mí; y no con cualquier chico, sino con Dios. Desde esa noche me quedó una certeza muy grande de que Dios estaba enamorado de mí y yo de Él, y de que si entregara así mi corazón a cualquier otro le haría mucho daño. Todo encajaba en mi corazón: ¡estaba hecha para esto, para Él! Todo un Dios se abajaba a mi manera de entender el amor…

Estos años fueron un tiempo muy bonito, pues el Señor me rega­ló caminar al lado de más personas a las que Él llamaba como a mí y con quienes podía compartir. Iba cada vez más a ver a las Hermanas, conociéndolas más, dando el “salto” de venir también a Soria… Era como si hubiera encontrado el lugar en el que respirar, y fuera de él me ahogaba.

El corazón dividido

Me consagré a la Virgen, que tanto me ha preservado y custo­diado… Pero también fue un tiempo de lucha, porque aunque por fuera nunca dejé de ser aparentemente “buena”, por dentro experimentaba continuamente una gran fragilidad y miseria; me veía con el corazón dividido entre el mundo que tenía grabado, y la certeza absoluta y el de­seo vehemente de ser del Señor.

En muchas ocasiones, al verme así tan custodiada por Jesús y separada de todo lo que pudiera apartarme de Él, me rebelaba en mi interior pensando: ¿es que no puedo ser normal, como todos? Pues hasta en medio de mis amigos, sentía que Él me pe­día más… y así me endurecía, y en mis intentos por seguir el mundo, siempre acababa con un vacío tan grande…

Pero cuando miraba a Je­sús, veía en sus Ojos el mismo amor de predilección, que me necesitaba y se rompía por no tenerme; que a la vez no me condenaba y me dejaba una libertad absoluta para decirle que sí o que no, para amarle o aban­donarle. Su Corazón así, tan frágil, entre mis manos, expuesto a mi res­puesta, mendigando mi vida… Con cuánta paciencia ha velado Él por mí y no ha dejado que me perdiera por medio de sus sacerdotes y de mis Hermanas.

¡El Amor no es amado!

También me costaba mucho dejar a mis padres, que como la viuda del Evangelio habían dado sus dos únicas monedillas “todo lo que tenían para vivir”. No estar en un futuro en la ordenación de mi hermano, dejar a todos los que “Él me había dado”: mi parroquia, el grupo de niños que llevaba, la diócesis… Pero me regaló fiarme de esta Palabra: “Yo en ellos, y tú en Mí, para que sean uno” No tenía que hacer nada, pues no podía nada… Sólo confiar en Él y confiarles a Él.

Por fin, acabado Bachiller vine a hacer experiencias. Fueron días intensos, de mucha gracia y confirmación del Señor, de verme arro­pada por Él y por las Hermanas en medio de mi pobreza. Justo al día siguiente de salir, se celebraba en el Cerro de los Ángeles el Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús. Yo tenía mucho miedo de volver, de perder el Tesoro que llevaba en vasijas de barro, de verme allí rodeada de miles y miles de personas… Pero sin embargo fui, y no podría explicar la gracia que supuso para mí…

Sentada al lado de mis padres, se proclamaba este Evangelio: “Te seguiré adondequiera que vayas… Pero déjame antes despedirme de los de mi casa” ¡Sentía tanto dolor por dejarlos! Pero esta súplica, como de un Mendigo que busca ser amado, vino a disipar cualquier miedo: “Las zorras tienen madrugueras, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tie­ne dónde reclinar la cabeza” Ese día comencé a atisbar el misterio tan grande de mi vida y de mi vocación; ¡El Amor no es amado! ¡Dios tiene Corazón, tiene herido el Corazón por mi! Y desea descansar en mí.

¡El Amor no es amado! Este fue el grito que hirió el corazón de nuestro Padre san Francisco, hasta quedar llagado con Cristo. Y de su mano, el 5 de octubre de 2019 (día después de su fiesta), confiada no en mis fuerzas sino en la Misericordia del Señor, entré en el convento con el deseo de que, a una con mis hermanas, “aquí el Amor sea amado…” “por ellos, para que sean uno”.

1 comentario en «Así es la vocación de una monja Clarisa en Soria»

  1. Qué precioso su testimonio hermana. Me ha encantado su proceso de transformación, paso a paso. Que emoción. Casi lloro por la dulzura con la que lo cuenta. ¡Lleva ya 6 años! Qué maravilla. Que Dios la bendiga. Gracias por su precioso testimonio. Espero que sea fuente de inspiración para muchas otras jóvenes.

    Responder

Deja un comentario