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Así pasé del odio al amor de Dios

​​​Sor Mariluz Jiménez Diufaín

Monja concepcionista en el Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad de Cádiz

Muertos mis padres en un atentado terrorista, caí en una profunda tristeza. El odio me había destruido por dentro.  Mi vida ni era vida, ni era cristiana... hasta que descubrí el amor de Dios.

Me llamo Mariluz y soy la cuarta de seis hermanos. Nací en una familia cristiana. Mis padres siempre nos educaron en el amor de Dios.

El 12 de Julio del año 1979 murieron en el hotel Corona de Aragón de Zaragoza en un atentado terrorista. Yo tenía 11 años y caí en una profunda tristeza, todo empezó a darme igual. Dios se fue convirtiendo en alguien muy lejano, se había llevado a mis padres. Seguía yendo a Misa los domingos, y aparentemente cumplía con mis deberes religiosos, pero el ir a Misa era por una obligación más que se me había impuesto, como ir al colegio de lunes a viernes. 

Sentía un dolor tan grande por la pérdida de mis padres, que pensé que lo mejor sería no amar más así. Si alguien moría o le pasaba algo, a mí me iba a dar igual. y empecé a no dejarme amar. Creé a mi alrededor un muro infranqueable. Odiaba a los terroristas y  me alegraba si alguna bomba les explotaba encima. Fui cayendo en un infierno, en una vida sin sentido. No tenía amigos. Toqué fondo. Vivir me parecía lo peor que me había pasado. Solo había sufrimiento. 

Estaba en esa situación cuando me encontré en un centro comercial con dos hermanas mías. Nos sentamos en una cafetería y hecha un mar de lágrimas, les comenté que yo no era feliz, que era un estorbo para todo el mundo.  Una de mis hermanas me dijo: “Yuli, ¿tú por qué no haces un cursillo de cristiandad?” Solo pensé que peor no podía estar y sería un cambio de aires. No tenía muy claro que ese cursillo pudiera cambiar en algo mi situación.

Siempre a mi lado

En el cursillo parecía que no me estaba enterando de nada, pero Dios ya estaba derramando su gracia en mí. En la última charla “Vida cristiana” me derrumbé. Nos empezaron a hablar del amor de Dios, y que tenemos que actuar en consecuencia. Descubrí que mi vida ni era vida, ni era cristiana. El Dios de nuestro Señor Jesucristo es un Padre que nos ama, siempre camina con nosotros, no nos deja. Caí en la cuenta de que en todos los momentos de mi vida en que no podía más, Dios había estado a mi lado, llevándome incluso en brazos.

A la vez que iba descubriendo el amor de Dios en mi vida, eterno e infinito, me di cuenta de que el mismo amor le tenía a los terroristas. Ese día en el cielo hubo fiesta porque “esta hija mía estaba muerta y ha vuelto a la vida, estaba perdida y la hemos encontrado”. 

“He vivido sin vivir; mal he vivido por mí, pero en ti vuelvo a la vida”. (s. Agustín). En ese momento me sentí perdonada por Dios. Era consciente de que el odio me había destruido por dentroEmpecé a orar por la conversión de los terroristas y por las víctimas del terrorismo, para que no les pasara lo mismo que a mí. Con el tiempo y a raíz de la palabra de Dios pude saber lo que me había pasado.

Nos dice San Juan en su primera carta: “Quien ama a su hermano camina en la luz y no tropieza; sin embargo, quien odia a su hermano está en tinieblas, camina en tinieblas y no sabe a dónde va porque las tinieblas han cegado sus ojos” (1 Jn 2,10-11). Esa era yo: pura tiniebla. 

Llena de amor de Dios

Salí del cursillo llena del amor de Dios y prometiéndome a mí misma y a Dios que nunca iba a dejar de quererlo. A partir de ese momento mi vida fue una búsqueda continua de conocer cuál era la voluntad de Dios. Un primo sacerdote diocesano, era misionero en República Dominicana y me invitó a irme ese verano con él. Le dije que sí y más tarde me propuso que me quedara todo el año. Volví a decirle que sí, aunque antes regresé a España. 

Un día fui a una iglesia a rezar y de pronto escuché una voz interior que me decía:

“Mariluz, tú te estás equivocando de camino, lo tuyo no es la misión. Yo te quiero tanto que lo único que te pido es que me ames a mí, que solo para mí vivas, que seas toda mía, que me entregues toda tu vida. Todo lo que buscas, sin ni siquiera tú saberlo, solo lo encontrarás en mí. No hallarás nada fuera de mí. Yo llenaré tu alma”. 

Vida contemplativa

Hacía tres años que tenía un director espiritual, fui a hablar con él y me aconsejó que fuera a la misión para tener un discernimiento vocacional. Regresé a España en agosto de 2002. Desde la misión seguí en contacto con mi director espiritual, le fui contando cómo me iba y con la idea de entrar cuanto antes en un monasterio de vida contemplativa. 

Sin tener muy claro a qué orden ir, mis pasos se encaminaron hacia la Orden de la Inmaculada Concepción que es íntegramente contemplativa. Como dicen mis constituciones: “seducida por el amor eterno de Dios vive el misterio de Cristo desde la fe, la oración constante, la disponibilidad y el ocultamiento silencioso”.

Entré en el monasterio el día 1 de octubre de 2002. Desde entonces y por pura gracia de Dios he ido creciendo de día en día en amor a mi Señor Jesucristo. Hoy solo sé que no puedo vivir sin Él, y que Él es capaz por sí mismo de llenar una vida y darle plenitud. Su gracia no me ha faltado, pero es cierto que nos dice San Agustín:

“Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Por mi parte he sido constante, perseverante y tenaz, aunque esto también ha sido una gracia de Dios. La vida me ha enseñado que Dios sabe hacer muy bien las cosas y que de los males siempre saca bienes, así que me resulta muy fácil confiar en Él. Mi deseo más profundo es llegar a ser toda suya, deseo que ha puesto Él en mi corazón, y en hacer realidad ese deseo, empeño mi vida. 

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