Reflexión navideña
Tres actitudes de los pastores que recibieron la buena nueva del nacimiento de Jesús nos ayudarán esta Navidad a recibir la gracia de Dios y responder a ella con generosidad.
En el evangelio de San Lucas hallamos el pasaje del anuncio de los ángeles a los pastores:
Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno por la noche su rebaño. (Lc 2, 8)
El evangelista no nos relata que los ángeles comunicaran la buena nueva del nacimiento de Jesús a nadie más; únicamente los pastores fueron los beneficiados.
Lo cierto es que el Evangelio de la Navidad es un evangelio de preferencias y de contrastes: Dios escoge para Sí nacer fuera de la austera comodidad del hogar de Nazaret y ser acostado en un comedero de animales —anticipo eucarístico en la pequeña tierra de Belén, «casa del pan». El que es la Luz del mundo y viene a iluminar nuestra tiniebla es alumbrado en medio de la noche por una doncella virgen. La omnipotencia de Dios se manifiesta en la debilidad de la Palabra encarnada, que se hace palabra balbuceante en el llorar del Niño; Palabra imposibilitada y pasiva, fajada en su totalidad.
Pocos podían ser los que a través del signo —«Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 8)— trascendieran hasta la naturaleza divina para alabar y glorificar a Dios. Los pastores supieron hacerlo porque permanecían en la actitud adecuada. Dios se fijó en ellos y les fue propicio, como se fijó en el justo Abel —también pastor de ovejas— y le fue favorable.
En el texto original del relato evangélico se evidencian en los pastores tres actitudes que permiten recibir la gracia de Dios y responder a ella con generosidad: guardaban (vigilaban) el rebaño, lo velaban por turnos en la noche y estaban al raso. Comprender qué significado tienen estas tres disposiciones y pedir el don de poderlas vivir nos puede ayudar a preparar nuestro corazón para la Navidad.
Primeramente hay que entender que los pastores guardaban su rebaño en la majada, un redil que consistía únicamente en un cerco amurallado que dejaba un espacio interior para hacinar a los animales bajo las estrellas durante la noche.
Primera actitud: la vigilancia atenta
En el hebreo bíblico, la palabra pastor proviene de una raíz que significa «cuidar, apacentar, pastorear» y que está relacionada con el compañerismo y el afecto. De hecho, la palabra prójimo proviene de la misma raíz. El pastor refleja una figura paterna atenta, que cuida a su rebaño y le provee de alimento con una cierta connotación de amor.
El oficio de pastor conlleva esa vigilancia atenta que guarda con afecto aquello que se le ha confiado, y en la Sagrada Escritura esta actitud tiene mucho que ver con la guarda de la Palabra de Dios, de sus mandamientos y observancias; con la escucha atenta del corazón, con una disposición amorosa a la voluntad de Dios.
Toda la Biblia está tapizada del tema pastoril, que habla de esta resolución interior. Desde Abel —figura sacerdotal y víctima sacrificial a la vez—; los grandes patriarcas, que fueron ganaderos y pastores; Moisés, que pastoreaba el rebaño de su suegro cuando se le apareció Dios en la zarza ardiente; el pueblo de Israel, que salió de Egipto con sus rebaños para poder dar culto a Dios.
La figura del pastor estaba relacionada con el culto, pues los rebaños no solo eran útiles para proveerse de alimento y vestido, sino que eran el elemento importante del culto a Dios, servían como expiación y propiciación para el pueblo.
Los dos primeros reyes de Israel, Saúl y David, pasaron literalmente del pastoreo al trono. Se asoció entonces la figura del pastor con la del rey, que pastoreaba el pueblo. De hecho, el cetro real era el báculo del pastor. Dios mismo utilizará la imagen del pastor como una metáfora de Sí mismo.
María, que sabía guardar todas las cosas en su corazón, mantenía esta actitud vigilante y atenta del pastor, honestamente sincera ante Dios, por la cual pudo recibir en su seno virginal la Palabra que iba a dar la vida al mundo.
Segunda actitud: estar en vela
Los pastores velaban por la noche sus rebaños, y cuando el tiempo era frío y debían dejar los rebaños en las majadas, lo hacían por turnos, según las diferentes vigilias de la noche. Hacían guardia para no dejar descuidado el rebaño frente a posibles ladrones o fieras salvajes que pudieran entrar al redil saltando los muros.
Mantenerse alerta significa estar despierto espiritual y moralmente, es decir, no ser negligente en la fe y en la conducta, actuando en consecuencia para estar preparados para la venida del Señor, que se describe viniendo «como ladrón en la noche». Estar en vela es perseverar en actitud de espera ante el nacimiento de Jesús, es una llamada a la fidelidad a Dios y a disponerse para su epifanía.
Tercera actitud: estar al raso
Las majadas no estaban cubiertas, de tal modo que ovejas y pastores quedaban a la intemperie, a cielo abierto. Nada había entre el pastor y la bóveda estrellada, sino ese sentimiento de pequeñez y de asombro que surge de la contemplación del cielo nocturno. La desnudez de lo terreno ante la omnipotencia de Dios permite la comunicación de los ángeles desde lo alto y el anuncio gozoso del Nacimiento. Eliminado aquello que nos opaca lo espiritual, recibimos en el corazón la Buena Nueva de Dios.
De ovejas y corderos
Conocer la vida rural y agrícola es importante para comprender el lenguaje espiritual que Jesús utiliza en los evangelios, porque Jesús revela quién es Él a través de la alegoría pastoril. Quizá los pastores que fueron a adorar al Niño llevaron consigo algún cordero del rebaño para ofrecerlo como regalo; el texto evangélico no lo dice, pero podemos suponer que así fue.
También Dios quería atraer hacia Sí toda la creación, y el cordero es símbolo de sacrificio, redención y amor divino. El Niño, que se describirá a Sí mismo como el buen Pastor, el que da su vida por las ovejas (Jn 10, 11), también se identificará como el cordero perfecto y definitivo cuyo sacrificio redimirá a la humanidad.
Esta identificación muestra cómo el Dios verdadero siempre sale a nuestro encuentro con la desarmante mansedumbre del amor, que en el Niño aún se hace más evidente, palpable y entrañable, y nos invita a la confianza, la que también muestran las ovejas con su pastor.
De nuevo, el símbolo del pastor y sus ovejas abre una ventana a la comprensión teológica de la relación entre Dios y su pueblo, y de la relación singular y personal entre Dios y cada uno de nosotros; nos ofrece imágenes poderosas de sacrificio, liderazgo y comunidad, de entrega confiada, de mansedumbre decidida, de paz ardiente en el corazón. Nos invita a penetrar en un misterio que nos trasciende y que se abaja hasta nosotros por amor, Cordero que redime a sus ovejas, abrazando en Sí a todo el universo. ¡Feliz Navidad!
Nota del editor: María Eugenia Lastras es autora de un libro titulado El buen pastor