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El origen espiritual del vino monástico (parte II)

Elena Añover

Lagar de María

Si te perdiste la primera parte, puedes leerla aquí.

Historia del vino en los monasterios II: De la tradición viva al legado en la copa. Continuamos este viaje por la memoria vitivinícola de nuestros monasterios de la mano del Lagar de María.

Variedades autóctonas en viñedos monásticos, fundamentales para la elaboración de los vinos tradicionales.

El monacato en la Península Ibérica tiene raíces muy antiguas. Antes incluso de la irrupción del Islam en el año 711, había comunidades monásticas activas en toda la Península: en Galicia, en el norte de Castilla, en la Meseta y en Andalucía. Figuras como San Fructuoso de Braga o San Isidoro de Sevilla dejaron reglas monásticas propias, y los concilios de Toledo regularon la vida de las comunidades religiosas hispanas.

La invasión musulmana en el 711 no suprimió el monacato cristiano, pero lo concentró en el norte. Los reinos asturleoneses y más tarde los condados catalanes se convirtieron en los refugios del monacato hispano. En ese contexto de resistencia y reconquista, los monasterios fueron también instrumentos de colonización y de afirmación de identidad cultural y religiosa.

La Rioja es, probablemente, el territorio de España donde la relación entre monacato y viticultura ha sido más intensa y más documentada. Las condiciones naturales del valle del Ebro y de sus afluentes, con suelos bien drenados, clima continental moderado y una larga tradición agrícola, hacían de La Rioja un lugar ideal para el cultivo de la vid. Y los monasterios fueron los primeros en explotarla de manera sistemática.

El Monasterio de San Millán de la Cogolla, fundado en el siglo VI por el ermitaño Millán (Emiliano), es uno de los centros monásticos más importantes de la historia de España. Sus dos iglesias rupestres —Suso, la antigua, excavada en la roca— y Yuso, la posterior, construida en el llano— son Patrimonio de la Humanidad. Pero San Millán fue también, desde sus primeros siglos, un gran productor de vino. Sus viñedos en las laderas de la sierra de la Demanda produjeron vino para la liturgia y para la hospitalidad durante siglos.

El Monasterio de Valvanera, enclavado en un profundo barranco de la sierra riojana a casi mil metros de altitud, es otro ejemplo notable. Fundado según la tradición en el siglo X sobre el lugar donde una talla milagrosa de la Virgen fue encontrada, Valvanera alberga hoy una comunidad benedictina y sigue produciendo vino. La Virgen de Valvanera es patrona de La Rioja, y su monasterio es uno de los centros de devoción más vivos de la región.

El Monasterio de Santa María la Real de Nájera, fundado en 1052 por el rey García de Nájera de la dinastía Jimena, fue un importante centro benedictino cluniacense. Su ubicación en la capital del reino de Nájera, en pleno corazón de La Rioja, lo convirtió en un nodo fundamental de la red cluniacense en España y en un productor relevante de vino en los siglos medievales.

En Cataluña, el monacato tiene raíces carolingias: los reyes francos promovieron la fundación de monasterios como instrumento de colonización y de afirmación de la autoridad cristiana en los territorios recuperados al Islam. Santa María de Ripoll, fundada en el siglo IX, fue durante siglos el gran centro cultural y político del condado de Barcelona.

Pero fueron los cistercienses quienes dejaron la huella más profunda en la viticultura catalana. El Monasterio de Santa María de Poblet, fundado en 1150 en el Camp de Tarragona, se convirtió en uno de los grandes monasterios cistercienses de Europa. Sus viñedos en la comarca de la Conca de Barberà produjeron vino durante siglos, y la tradición continúa hoy: la comunidad cistercience de Poblet elabora vino con la marca Les Masies de Poblet, recuperando una tradición que se remonta a la fundación del monasterio en el siglo XII.

El Monasterio de Santes Creus, también cisterciense y fundado en el mismo siglo XII, completaba el gran triángulo monástico catalán junto con Poblet y Vallbona de les Monges. Los tres monasterios reales de la Corona de Aragón tenían viñedos propios y producían vino para sus comunidades y para el mercado.

Galicia es una de las regiones de España con mayor densidad monástica y con una relación más estrecha entre monacato y viticultura. Las condiciones atlánticas del noroeste — lluvias abundantes, temperatura moderada, suelos graníticos— favorecen el cultivo de variedades de uva autóctonas como la Albariño, la Treixadura, la Godello o la Mencía, que producen vinos de gran personalidad.

Interior de una bodega histórica con barricas de roble para el envejecimiento del vino.

El Monasterio de Oseira, cisterciense y fundado en el siglo XII en la provincia de Ourense, fue durante siglos uno de los grandes productores de vino de Galicia. Conocido como ‘el Escorial gallego’ por la grandiosidad de su arquitectura barroca, Oseira gestionó enormes propiedades agrícolas y vitícolas en la cuenca del Avia, una de las zonas más productivas del actual Ribeiro. La comunidad, que sigue activa, mantiene hoy cierta producción vinícola.

El Monasterio de Samos, benedictino, en el corazón del Camino Francés, fue otro gran centro vitícola gallego. Sus huertos y viñedos en el valle del Sarria abastecían a la comunidad y a los peregrinos que pasaban por sus puertas. Samos es uno de los monasterios más grandes y más antiguos de Galicia, con una historia que se remonta al siglo VI.

El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, en las Villuercas extremeñas, fue durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna uno de los centros religiosos más poderosos e influyentes de la Península Ibérica. Los Reyes Católicos lo visitaron en múltiples ocasiones, y desde sus instalaciones se bendijo la partida de Colón hacia América. Guadalupe gestionó enormes propiedades agrícolas en toda Extremadura, incluyendo extensos viñedos en la comarca de las Villuercas y en la ribera del Guadiana.

En Andalucía, la relación entre el monacato y el vino tiene un capítulo especialmente brillante en Jerez de la Frontera. La Cartuja de Santa María de la Defensión, fundada en el siglo XV en las afueras de Jerez, fue uno de los centros religiosos más importantes de Andalucía occidental. Los cartujos cultivaron viñedos en los alrededores de Jerez y produjeron vino que con el tiempo se identificó con la zona. Cuando la Desamortización obligó a los cartujos a abandonar el monasterio, sus instalaciones vitícolas fueron adquiridas por productores privados que continuaron la tradición. El nombre ‘Cartuja’ sigue hoy asociado a una de las bodegas más históricas de Jerez.

El Monasterio de La Rábida en Huelva, franciscano, está asociado a la Historia del Descubrimiento de América pero también a la viticultura del Condado de Huelva. Sus monjes cultivaron viñedos en la zona, y el vino de la región, producido en su entorno, fue probablemente uno de los primeros vinos que llegaron al Nuevo Mundo.

Las grandes órdenes y sus aportaciones específicas al vino

Monje contemplando la elaboración y conservación artesanal en el monasterio.

Benedictinos

La Orden de San Benito es la raíz de la que brotan casi todas las demás tradiciones monásticas occidentales. Su aportación a la viticultura es la más antigua y la más extensa: los benedictinos cultivaron viñedos en toda Europa durante más de quince siglos, desde Irlanda hasta el sur de Italia, desde España hasta Polonia. Sus técnicas vitícolas, transmitidas de generación en generación, de scriptorium en scriptorium, constituyen el sustrato sobre el que se edificó toda la viticultura europea medieval.

Los benedictinos, con su modelo de estabilidad —cada monje hace voto de permanecer en su monasterio de por vida— estaban especialmente bien posicionados para el cultivo de la vid, que requiere cuidados a muy largo plazo. Una vid plantada por un monje podría ser podada por sus sucesores durante siglos. Esta perspectiva temporal extraordinariamente larga permitió a los benedictinos acumular un saber vitícola incomparable.

Cistercienses

Como se ha visto en el capítulo anterior, los cistercienses llevaron la viticultura monástica a su más alta expresión. Su aportación más duradera y más revolucionaria fue el descubrimiento y la sistematización del concepto de terroir. Pero los cistercienses no solo desarrollaron la viticultura en Borgoña: fundaron monasterios en toda Europa y llevaron consigo su saber vitícola. En España, en Alemania (el Rheingau debe a los cistercienses del Kloster Eberbach gran parte de su tradición vitivinícola), en Portugal y en Inglaterra, los cistercienses introdujeron o mejoraron el cultivo de la vid.

La disciplina cisterciense, su capacidad organizativa y su tradición de trabajo manual sistemático hicieron de ellos los viticultores más eficaces de la Europa medieval. Sus bodegas eran modelos de organización: cada fase del proceso de vinificación estaba codificada, las variedades estaban catalogadas, los mejores viñedos identificados y reservados para los mejores vinos.

Cartujos

La Orden de los Cartujos, fundada por San Bruno de Colonia en 1084 en el macizo montañoso de la Chartreuse, cerca de Grenoble, representa la forma más austera y más solitaria del monacato occidental. Los cartujos viven en ermitas individuales dentro del monasterio, se reúnen en comunidad solo para los oficios litúrgicos y las comidas festivas, y practican un silencio casi absoluto.

Paradójicamente, son los cartujos quienes elaboran uno de los licores más célebres del mundo. La Chartreuse, elaborada en la Grande Chartreuse desde 1737 según una receta que los monjes recibieron de un marqués en 1605, es un licor de hierbas de extraordinaria complejidad: contiene 130 plantas, flores, raíces y especias, y su fórmula exacta es conocida hoy solo por dos monjes. Existe en versión verde (55% de alcohol) y amarilla (40%), y ambas versiones son elaboradas todavía hoy por los cartujos en su destilería de Voiron.

La historia de la Chartreuse está llena de vicisitudes: los cartujos fueron expulsados de Francia en 1903 y continuaron elaborando el licor en Tarragona, España, hasta que pudieron regresar en 1929. La fidelidad de los monjes a su receta durante más de tres siglos y en las condiciones más adversas es un ejemplo extraordinario de la vocación monástica de preservación y transmisión del conocimiento.

Franciscanos y Dominicos

Las órdenes mendicantes —franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos— surgieron en el siglo XIII con un modelo diferente al de los monjes contemplativos: sus miembros (llamados ‘frailes’, no ‘monjes’) vivían en conventos urbanos y se dedicaban a la predicación y la atención pastoral. Su relación con el vino era diferente: no producían en la misma escala que benedictinos o cistercienses, pero sus conventos también tenían bodegas y algunos de ellos produjeron vinos notables.

Los franciscanos en particular tuvieron una presencia importante en zonas vitícolas de España e Italia. En Andalucía, los conventos franciscanos del entorno de Jerez y del Condado de Huelva estuvieron vinculados al vino desde sus fundaciones en los siglos XIII y XIV. El propio San Francisco de Asís tuvo una relación compleja con el vino: predicó la moderación y la pobreza, pero nunca prohibió el vino a sus frailes.

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