Historia del vino en los monasterios I: De la viña del Señor a la copa del peregrino. Iniciamos el recorrido por veinte siglos de cultura vitivinícola monástica de la mano del Lagar de María.
El vino aparece en la Biblia desde sus primeras páginas. Noé, tras el diluvio, planta una viña: ese gesto inaugural es ya una señal de la centralidad del vino en la tradición judeocristiana. El Antiguo Testamento está repleto de referencias vitivinícolas: la vid es imagen de prosperidad y de la bendición divina sobre Israel, y el vino, metáfora de alegría, de pacto y de comunión.
En el Nuevo Testamento el protagonismo del vino alcanza su cima en la Última Cena, cuando Jesús toma el cáliz de vino y lo convierte en el sacramento de su sangre. Desde ese momento, el vino queda incorporado al corazón de la liturgia cristiana de manera irrevocable. No es una opción simbólica: es materia consagrada, presencia real.
Esta convicción teológica va a tener consecuencias históricas enormes, porque significa que donde haya una comunidad cristiana, habrá necesidad de vino, y donde haya necesidad de vino, alguien tendrá que producirlo.
La Escritura valora el vino como don de Dios pero advierte contra la embriaguez. Esta tensión, el vino como bien y como riesgo, va a estar presente en toda la reflexión monástica posterior, desde la Regla de San Benito hasta los textos de los padres cistercienses.
El vino en el Imperio Romano
Cuando el cristianismo se extiende por el Imperio Romano, encuentra ya una cultura vitivinícola extraordinariamente desarrollada. Roma había convertido el vino en uno de los ejes de su economía y de su vida social. Los romanos habían sistematizado el cultivo de la vid con una precisión notable: autores como Columela, Plinio el Viejo y Virgilio dejaron tratados de viticultura que describen técnicas de poda, injerto, fermentación y conservación del vino que, siglos después, los monjes medievales copiarían, estudiarían y aplicarían. El Imperio Romano había extendido el cultivo de la vid por toda Europa occidental: la Galia, Hispania, Germania, Britania y el norte de África conocieron la viña gracias a Roma. Cuando ese Imperio se desmorone en el siglo V, gran parte de ese conocimiento vitivinícola correrá el riesgo de desaparecer. Serán los monasterios quienes, en buena medida, lo salven.
El vino en el monacato
El monacato cristiano nace en Egipto y en Siria en el siglo III. Los padres del desierto, Antonio Abad, Pacomio, los monjes de la Tebaida, optaron por una vida de radical renuncia y retiro en el desierto. En ese contexto austero, el vino tenía una presencia limitada pero no nula. Era necesario para la Eucaristía y se usaba también con moderación en ocasiones de hospitalidad o de enfermedad. Pacomio, fundador del cenobitismo organizado (comunidades de monjes que viven juntos bajo una regla), establece ya en el siglo IV normas sobre el trabajo agrícola en el monasterio. Las comunidades pacominas cultivaban huertos y, en algunos casos, viñedos. El trabajo manual era visto como parte esencial de la vida monástica: ora et labora, reza y trabaja, aunque la fórmula célebre se asocie más tarde a Benito de Nursia.
Benito de Nursia (480-547) es la figura más influyente en la historia del monacato occidental. Nacido en Nursia, estudió en Roma, se escandalizó de la vida disipada de la ciudad y se retiró a la soledad en una cueva cerca de Subiaco. Tras años de vida eremítica, fundó una serie de comunidades monásticas y redactó su célebre Regla, compuesta hacia el año 540. La Regla de San Benito es uno de los documentos más importantes de la historia de Occidente. Establece las bases de la vida comunitaria monástica: la oración litúrgica, el trabajo manual, la lectio divina, la hospitalidad y la obediencia al abad. Lo que Benito construyó no era simplemente una forma de vida religiosa, sino un modelo de organización comunitaria, económica y cultural que iba a convertirse, durante siglos, en la institución más estable y fecunda de Europa occidental. Los monasterios benedictinos fueron escuelas, bibliotecas, hospitales, centros agrícolas, refugios de viajeros y custodios de la civilización.
La Regla de San Benito dedica el capítulo 40 al vino ; la cantidad establecida es una hemina diaria, equivalente aproximadamente a un cuarto de litro. Benito es consciente de que se trata de una concesión a la naturaleza humana, no de un ideal. Y añade, con una generosidad notable, que el abad puede aumentar la ración si las circunstancias lo requieren (el trabajo, el calor, la enfermedad), y que los monjes que prefieran abstenerse deben ser alabados y no presionados. Este equilibrio entre el ideal ascético y el realismo humano es característico de toda la Regla y explica en parte su extraordinario éxito y durabilidad. Benito no legisla para ángeles sino para hombres. El vino está en la Regla, y eso significa que el vino va a estar en los monasterios benedictinos durante siglos.