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En Cuaresma oremos por todos

Sor Teresa Cadarso

Orden de Predicadores – O.P. (Dominicas) Monasterio de Santo Domingo (Caleruega)

La oración de intercesión es ideal para la Cuaresma, tiempo de oración, penitencia y limosna.

Con el fin de vivir y aprovechar la Cuaresma como tiempo de conversión, la Iglesia nos propone que hagamos de ella un tiempo de oración, penitencia y limosna. Y podríamos decir que la intercesión es el ejercicio espiritual y ascético en el que se unifican estas tres prácticas típicamente cuaresmales. 

En Cuaresma, oración

​En primer lugar, la intercesión no es un añadido o un plus de generosidad, por si el orante quisiera ir un paso más allá de lo obligatorio. Es consecuencia inseparable de la mística más auténtica.

Como indica Edith Stein, la relación íntima con Dios nunca es sinónimo de alejamiento de la realidad. Cuanto más unidos están con Dios el hombre y la mujer orantes, más se preocupan por el mundo, por sus necesidades, por sus problemas. La experiencia del amor de Dios es lo que lleva a la persona a transmitir la grandeza de la vida divina a los demás. El amor de Dios, que es don gratuito, transforma a quien lo experimenta en don para los demás.

"Cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido, 'salir de sí mismo', es decir, adentrase en el mundo para comunicarle la vida divina".

Edith Stein

​Por lo tanto, no es un simple ejercicio voluntarista que el orante se propone y organiza según le venga bien o apetezca. Es una misión. Moisés, el que habla con Dios cara a cara, como con un amigo, es el mismo que es convocado a interceder con los brazos en alto mientras el pueblo de Israel combate. Como toda misión, es una llamada de Dios. Uno puede tener conciencia y sensibilidad para la intercesión, pero la iniciativa es de Dios y llega a ser una auténtica urgencia interior muy superior a nuestra buena voluntad. Incluso aunque no queramos o estemos muy a gusto en nuestra intimidad y nuestra oración con Dios, cuando es auténtica mística cristiana, los otros irrumpen con una fuerza que no nos deja indiferentes. Si la vida cristiana consiste en irse configurando con Cristo, el orante va haciendo suyo el amor por la humanidad que fue lo que llevó a Cristo en la cruz. El dolor, el sufrimiento, la necesidad del hermano nos urgen, incluso cuando desearíamos hacer oídos sordos:

En su oración privada y personal santo Domingo abría su corazón a Cristo sufriente para suplicarle con lágrimas e incluso con rugidos.

“Señor, ten piedad de tu pueblo. ¿Qué será de los pobres pecadores?”.

Santo Domingo de Guzmán

Dios le había otorgado la gracia singular de llorar por los pecadores, por los desdichados y por los afligidos. Gestaba sus calamidades en lo íntimo del sagrario de su compasión (en lo más íntimo de su corazón), y el amor que le quemaba por dentro salía bullendo al exterior en forma de lágrimas.

En Cuaresma, penitencia

​Como todo ejercicio de amor, supone una respuesta libre por nuestra parte, que conlleva salir de uno mismo y, en ese sentido podríamos decir que es una penitencia. Abrir nuestra intimidad con Dios a un tercero supone la renuncia a la comodidad, a la oración entendida como búsqueda de consuelo, de exclusiva intimidad y de refugio. Acoger en nuestra oración el sufrimiento del otro y sus necesidades solo es posible desde la caridad más genuina y desinteresada, desde el amor de Cristo. La intercesión nos saca de nosotros mismos, de nuestro yo. Proyecta nuestra relación con Dios más allá de la satisfacción de nuestra necesidad de interioridad, descanso y tranquilidad; más allá del reducido mundo de “lo nuestro” y “los nuestros”; nos obliga a callar nuestro discurso por un momento. 

Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”» 

Lc 11, 5-7

​Supone renunciar a nuestras causas, ampliar el combate por nuestro triunfo personal y luchar por una causa que no es necesariamente nuestra. O hacer nuestra una causa que, en principio, nos era ajena. Eso implica generosidad y también humildad. Porque, una vez que el hermano nos ha incomodado en nuestra oración y le hemos dejado entrar, la segunda parte es constatar que nosotros no tenemos nada que ofrecer;que estamos vacíos; que no podemos satisfacer su necesidad. El otro nos urge y nos encontramos incapaces e impotentes para responderle. Esa experiencia nos hace reconocer que no somos dioses y que nuestra buena voluntad no es suficiente. Precisamente si acudimos a Dios es porque supera nuestra capacidad aquello que imploramos. Utilizando la imagen que santa Catalina de Siena emplea con frecuencia: somos vasijas vacías. El otro tiene sed, pero nosotros no somos el agua que les sacia, sino tan solo la vasija –somos intermediarios; intercesores−. Lo que depende de nosotros es vaciarnos de todo aquello que no sea el Agua Viva y permanecer cerca de la Fuente. 

​La intercesión supone una conversión de la lógica mundana del voluntarismo, el esfuerzo, del creernos todopoderosos, el éxito, el triunfo, y de aquello de “si quieres, puedes”. No. A veces deseas con todas tus fuerzas y no depende de ti el poder. Interceder es reconocer que ni tú ni yo podemos, pero Dios sí y en sus manos nos ponemos.

Toma, pues, tus lágrimas, tu sudor; sacadlos de la fuente de mi divina caridad tú y los otros servidores míos; lavad con ellos la cara de mi Esposa. Yo te prometo que por este medio le será devuelta su belleza. No recobrará su hermosura con cuchillos, ni con guerras, ni con crueldades, sino con la paz, la humilde y continuada oración; con los sudores y las lágrimas derramadas y con el angustiado deseo de mis servidores.

En Cuaresma, limosna

​El texto evangélico de san Lucas apunta que el amigo a veces llega “durante la medianoche”, en la oscuridad más absoluta. Uno no decide u organiza cuándo puede “dar esta limosna” o cuando no es momento. No podemos colgar el cartel de “no molestar”, según nos venga bien o mal. Y sucede que la necesidad de los otros a veces nos estremece en los momentos de mayor crisis personal. Cuando menos tengo que ofrecer, el otro más me reclama. Esa experiencia es desgarradora. Nos molesta que vengan a pedirnos porque mete el dedo en la llaga. Pone al descubierto nuestra pobreza. Nos obliga a hacernos mendicantes: «Uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle» (Lc 11, 6)

​Por último, diremos que rezar por el hermano es darle cabida en “el sagrario”, en lo más íntimo de cada uno de nosotros. Y, en consecuencia, que saberse “rezado” por los demás es una de las manifestaciones de amor más consoladoras que tenemos los cristianos. La intercesión es una experiencia viva y concreta del misterio de la comunión entre los creyentes.

Si sólo ruegas por ti, también tú serás el único que suplica por ti. Y si todos ruegan solamente por sí mismos, la gracia que obtendrá el pecador será, sin duda, menor que la que obtendría del conjunto de los que interceden si éstos fueran muchos. Pero, si todos ruegan por todos, habrá que decir también que todos ruegan por cada uno.

Concluyamos, por tanto, diciendo que, si oras solamente por ti, serás, como ya hemos dicho, el único intercesor en favor tuyo. En cambio, si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo.

Oración cuaresmal en monasterios y conventos

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