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La paz escondida

Hermanas Pobres de Santa Clara (Clarisas)

Monasterio del Sagrado Corazón de Cigales (Valladolid)

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Hay una forma de cansancio que ni durmiendo desaparece. Pesa más adentro. Todo está fuera de sitio. Y entonces buscamos paz.

Hay una forma de cansancio que ni durmiendo desaparece.

Una se acuesta, descansa unas horas, abre los ojos al día siguiente… y ahí sigue. No pesa en los brazos ni en las piernas. Pesa más adentro. Es como una habitación interior donde todo está fuera de sitio: pensamientos amontonados; deseos que tiran de nosotros en direcciones distintas; heridas que no terminan de cerrarse; preguntas que vuelven cuando por fin se apaga el ruido.

Y entonces buscamos paz.

La buscamos como quien busca aire.

La buscamos en una tarde libre, en una escapada, en una compra bonita, en una serie que nos distraiga, en una conversación que nos confirme, en una agenda ordenada, en un cambio de hábitos, en un silencio que no siempre sabemos habitar. La buscamos incluso en cosas buenas: en una vida más sana; en cuidar el cuerpo; en poner límites; en apagar el teléfono; en caminar despacio; en respirar hondo…

Todo eso puede ayudar. Claro que ayuda.

Pero llega un momento en que una descubre, con un poco de humildad y otro poco de sorpresa, que puede tenerlo todo más o menos colocado por fuera y seguir desordenada por dentro.

Porque la paz no es solamente ausencia de ruido. A veces hay mucho silencio y poca paz. También en un monasterio, por si alguien pensaba lo contrario. El silencio de las paredes no hace automáticamente silencioso el corazón. Una puede estar en clausura y llevar dentro una plaza entera en día de mercado. Puede sonar la campana para la oración y, mientras los labios rezan, la cabeza estar haciendo cuentas, repasando conversaciones, defendiendo razones, anticipando problemas que aún no existen.

¿Cuándo llega la paz?

La paz no llega solo porque el mundo se calle. La paz empieza cuando dejamos que Dios entre.

Y esto, que parece tan sencillo escrito en una frase, suele ser una de las cosas más difíciles de la vida espiritual. Porque muchas veces buscamos paz en todo menos donde realmente está.

Queremos una paz que no nos toque demasiado. Una paz que alivie, pero no convierta. Una paz que calme, pero no cuestione. Una paz que nos permita seguir exactamente igual, solo que un poco menos cansados. Y Dios, que nos ama demasiado para conformarse con calmarnos por encima, suele ofrecernos otra cosa: una paz más honda, más verdadera, más exigente también.

¿Qué es la paz?

La paz de Cristo no es anestesia.

No es una mantita espiritual para tapar lo que duele. No es “no pasa nada”, cuando sí pasa. No es mirar hacia otro lado. No es negar la herida, ni hacer como si el miedo no existiera, ni llamar confianza a la evasión.

La paz de Cristo es otra cosa. Es poder estar de pie en medio de la vida sin tener que controlarlo todo. Es saber que no estamos solas aunque no tengamos todas las respuestas. Es dejar de pelearnos con nuestra pequeñez. Es entregar a Dios, una y otra vez, ese lugar interior donde nos empeñamos en mandar nosotras.

En el monasterio lo aprendemos muy lentamente, casi siempre por repetición, rezando cuando apetece y cuando no; perdonando antes de tener ganas; volviendo al coro con las mismas pobrezas; sirviendo en lo escondido; aceptando que una hermana sea distinta a mí sin convertir esa diferencia en una batalla; haciendo de la jornada no un escaparate de perfección, sino un lugar de entrega.

Y ahí, en lo pequeño, Dios va trabajando.

No suele entrar dando portazos. Dios no invade. Dios llama. A veces con una palabra del Evangelio que se queda prendida en el alma. A veces con una inquietud que no se va. A veces con una alegría limpia que aparece sin motivo. A veces con una incomodidad bendita, de esas que nos dicen: “hija, por aquí no estás viviendo del todo”.

Las falsas paces

Porque también hay falsas paces. Está la paz de tener razón, muy cómoda, pero muy sola. Está la paz de no implicarse. Parece prudencia, pero muchas veces es miedo con buenos modales. Está la paz de distraerse sin parar. Funciona un rato, hasta que vuelve el silencio y nos encuentra sin casa por dentro. Está la paz de tenerlo todo previsto. Esa dura poco, porque la vida tiene la santa costumbre de desobedecer nuestros esquemas.

Y luego está la paz de Dios. Esa no siempre quita la tormenta, pero pone una Presencia en medio de ella. Jesús no prometió a los suyos una vida sin heridas. Les prometió su paz. Y la suya no nace de que todo salga bien, sino de saberse en manos del Padre. Por eso puede haber paz en una espera; paz en una renuncia; paz en una enfermedad; paz en una decisión difícil; paz incluso en el llanto, cuando el llanto ya no es desesperación sino entrega.

Nosotras, como clarisas, no hemos venido al monasterio porque seamos expertas en paz. Hemos venido porque necesitamos aprenderla de Aquel que sí la tiene. La clausura no es una burbuja para no sufrir. Es una escuela donde Dios va desarmando nuestras prisas, nuestras defensas, nuestras formas torcidas de buscar seguridad.

Aquí una aprende que no todo lo que tranquiliza salva. Y que no todo lo que inquieta viene del enemigo.

A veces Dios inquieta para despertarnos. Nos quita una paz falsa para regalarnos una verdadera. Nos permite sentir el vacío de ciertas cosas para que dejemos de pedirles lo que no pueden dar. Nos deja cansarnos de nuestras propias huidas hasta que, por fin, volvemos a Él no como quien cumple, sino como quien regresa a casa.

¿Dónde estoy buscando la paz?

Hay una pregunta que conviene hacerse con valentía: ¿Dónde estoy buscando la paz? Porque quizá la estoy buscando en que todos me entiendan; en que nadie me contradiga; en que mis planes salgan exactos; en que mi imagen no se rompa; en que el futuro esté asegurado; en que desaparezcan mis límites; en que Dios me dé explicaciones antes de darle mi confianza.

Y quizá, mientras tanto, la paz estaba más cerca: en una capilla abierta; en un Sagrario silencioso; en una confesión pendiente; en una conversación sincera; en un perdón que ya no puede esperar; en una oración pobre, dicha sin brillo, pero con verdad; en ese instante en que uno deja de apretar los puños y dice: “Señor, no puedo con todo, pero puedo estar contigo”.

Eso basta para empezar. No siempre sentimos paz al rezar. Esto también hay que decirlo. A veces nos ponemos delante de Dios y solo encontramos sequedad, sueño, dispersión o una lista interminable de preocupaciones. Pero la oración no vale por lo que sentimos en ella. Vale porque nos pone donde tenemos que estar: delante del Amor. Como una planta junto a la luz. No hace falta que la planta entienda el sol, basta con que permanezca. Así el alma.

¿Cómo se manifiesta la paz?

La paz verdadera va entrando muchas veces sin espectáculo, no como una emoción repentina, sino como una forma nueva de estar en la vida. Una empieza a reaccionar menos; a agradecer más; a pedir perdón antes; a necesitar menos aplaus; a mirar con más misericordia; a soltar lo que antes defendía como si le fuera la vida en ello. Y entonces comprende que la paz no era un lugar al que escapar, sino una Persona a la que volver. Cristo es nuestra paz.

No es una idea bonita. No es una frase para bordar en una estampa. Cristo vivo. Cristo entregado. Cristo escondido en la Eucaristía. Cristo que se queda cuando todos se van. Cristo que no se cansa de nuestras vueltas. Cristo que no grita, pero insiste. Cristo que no humilla, pero desnuda. Cristo que no promete una vida fácil, pero sí una vida acompañada.

Cuando buscamos paz lejos de Él, terminamos llenando el alma de sustitutos. Algunos parecen luminosos. Otros son claramente pobres. Pero todos tienen fecha de caducidad si no nos llevan a la Fuente.

Por eso, quizá hoy no hace falta hacer un gran cambio. Quizá basta con parar un momento. Respirar. Entrar en esa habitación interior que llevamos evitando tantos días. Mirar a Dios con sencillez y decirle la verdad. Sin adornos. Sin teatro. Sin frases aprendidas. “Señor, he buscado paz en muchas cosas. Ven Tú.” Y después, dejarle sitio.

Porque la paz no se fabrica a fuerza de voluntad. Se recibe. Se custodia. Se obedece. Se pierde cuando nos alejamos del Amor y se recupera cuando volvemos a Él, aunque volvamos con las manos vacías y el corazón hecho un pequeño lío. No importa. Dios sabe entrar también en los corazones desordenados. De hecho, suele empezar por ahí.

Fuente: Clarisas de Cigales

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