¡Jesús, que yo no me olvide de que tienes Corazón!

 “Si conocieras el don de Dios y Quien es el que te pide de beber, Le pedirías tú a Él y Él te daría un agua vivía que salta hasta la vida eterna. Si conocieras el Don de Dios…”

El don de Dios es Jesucristo. Él es el don, el regalo, Dios que se hace regalo, que se hace don en Jesucristo y de manera especial en la Eucaristía. La Eucaristía es ese continuo entregarse de Dios en Cristo, en el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía es el más grande regalo, el más maravilloso y sorprendente don de Dios, el regalo siempre vivo, el regalo para siempre, el regalo eterno, el don  que nunca caduca, que nunca se acaba.

¡La Eucaristía es el Corazón de Jesucristo vivo y palpitante! Un Corazón palpitante lleno de vida, que infunde vida, reparte vida, vivifica cuanto toca.  En nosotros está dejarnos tocar, dejarnos amar, dejarnos vivificar, dejarnos resucitar. Jesús en la Eucaristía toca nuestras llagas y las cura, nos saca de nuestras muertes y nos resucita, nos hace vivir. Jesús en la Eucaristía es el amor de Dios palpitante, vivo y vivificante.

¡Jesús en la Eucaristía es el mayor don de Dios al mundo! Un don que llevamos gustando, saboreando, gozando, disfrutando desde hace más de dos mil años y un don que, desgraciadamente, a veces malgastamos, dilapidamos, estropeamos, ignoramos… Por eso estamos aquí, reconociendo el regalo, agradeciendo el regalo, adorando a Dios. Reparando por todos aquellos que ignoran y no valoran, que les es indiferente que Jesús esté ahí o no.

Hace poco recibíamos de Jesús el encargo:

“id al mundo entero y predicad el Evangelio. Id al mundo entero, a los confines de la tierra y anunciad la Buena Noticia.”

La Buena Noticia no es otra que la Eucaristía amándonos, que Jesucristo vivo y resucitado en esa Hostia Blanca amándonos apasionadamente con un Corazón de Hombre. Esa es la Buena Noticia: que somos amamos por Dios en Jesucristo, en Su humanidad, en Su Corazón. Esa es la Buena Noticia que debemos anunciar, esa es la Nueva Evangelización que la Iglesia nos pide, no es otra: anunciar el amor de Jesucristo, anunciar el Amor de Dios en Jesucristo, en el Corazón de Jesucristo, en un Dios que es Hombre y tiene Corazón.

Tenemos que hacer el propósito para siempre pero de manera especial para este mes de junio, de repetir muchas veces esa jaculatoria preciosa, simple pero preciosa, que repetía tantas veces el Beato Manuel González: 

“Jesús mío, que yo no me olvide de que tienes Corazón”.

¡Jesús, que yo no me olvide de que tienes Corazón! Tenemos que repetirla muchas veces muchas, muchas veces, que sea como una música de fondo en nuestro día a día, en nuestras actividades ordinarias: que yo no me olvide de que tienes Corazón. De modo que, a base de repetirlo, se quede grabado a fuego en nuestra alma, en nuestra conciencia y de verdad nunca nos olvidemos de que Él está ahí y tiene Corazón. Y como tal, lo nuestro le afecta. ¡No juguemos con Él! ¡No le maltratemos! ¡No le pongamos triste! ¡No le hagamos daño!

Los que no creen, nos podrían mirar sorprendidos y decir: “Pero ¿qué clase de Dios tenéis que se Le pude hacer daño? ¿No decís que es Todopoderoso? ¿No es Dios? Entonces, ¿cómo Le podéis hacer daño?

Y ahí solamente podríamos contestar una cosa: “¡Cállate! No se puede comprender con la cabeza. Que nuestro Dios tiene Corazón, solamente se puede comprender desde el corazón. Simplemente mírale, ¡mira cómo nos ama! No hay nada más que explicar.”

Miradle, contempladle y adoradle porque es Dios, verdadero Dios y verdadero Hombre, Sacramentado. En esta Hostia blanca que tenemos delante, está Jesucristo presente, verdaderamente presente, vivo y resucitado, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad: Jesús.

Y lo creemos firmemente y creemos firmemente que está vivo y que tiene un Corazón vivo y palpitante, sensible, vulnerable a nuestro amor y a nuestro desamor. Esa es la realidad que creemos, por la que estamos aquí esta noche y yo, desde luego, por la que quiero vivir y morir.

Ese es el testimonio de fe que tenemos que dar. Esa es la Buena Noticia que tenemos que anunciar hasta los confines de la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, verdadero Hombre, está vivo, ha resucitado y tiene Corazón. ¡Adorémosle!

¿Te gustaría acercar a otras personas hacia el Corazón de Cristo? ¡Cómpartelo!

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