De este modo, podemos responder afirmativamente a la pregunta inicial: sí, es posible vivir el espíritu benedictino en medio del mundo, y hacerlo de una manera auténtica, adaptada a la propia vocación cristiana.
Esta es una pregunta que se hacen muchos simpatizantes y amantes de los monasterios benedictinos. En las siguientes líneas intentaré ofrecer una respuesta.
El Concilio Vaticano II puso de relieve que todos los cristianos estamos llamados a la perfección de la vida cristiana. Para alcanzarla existe una gran libertad de caminos, espiritualidades, métodos y devociones. Dentro de esta rica diversidad también tiene cabida la espiritualidad benedictina, que puede ser vivida por quienes desean alimentar su
vida cristiana con el espíritu de la Regla de san Benito.
Según la Regla de San Benito
¿Cuáles son las constantes de esta espiritualidad?
El benedictino es, ante todo, un cristiano –nada más– que busca a Dios siguiendo a Jesucristo según el Evangelio. Para ello vive en un monasterio, apartado del mundo, llevando vida cenobítica junto a hermanos que comparten el mismo ideal, bajo la guía de la Regla y del abad. Su vida se articula principalmente en torno a dos actividades: la oración y el trabajo. A ellas se une la práctica de las virtudes evangélicas, entre las que destacan la obediencia, el silencio y la humildad, así como las promesas de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia.
Buscar a Dios, encontrarlo y permanecer habitualmente en su presencia, siguiendo a Jesús obediente y humilde del Evangelio: esta es la meta que san Benito propone al monje. Pero ¿no es también ese el fin de todo cristiano? El benedictino busca a Dios en el monasterio, fuera del mundo. Sin embargo, esta separación no es una huida cobarde del siglo, sino un medio para encontrar mejor a Dios, vivir en su intimidad y, mediante su testimonio –como un fermento espiritual– compensar el déficit de amor divino y de vida interior que existe en el mundo.
El cristiano que vive en medio del mundo, por su parte, permanece en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, y se ocupa de los asuntos temporales. Sin embargo, también está llamado a dar testimonio de Dios ante los hombres. No abandona el mundo, pero procura no dejarse arrastrar por él.
Desde dentro de la sociedad puede ser igualmente un fermento espiritual y manifestar, con su vida, que
Dios puede ser encontrado. En el monasterio la vida es cenobítica y se desarrolla bajo la Regla y la autoridad del abad.
Se trata de una comunidad de hombres unidos por una fidelidad común. Para que exista orden y una convivencia basada en la caridad es necesario que haya una norma, una autoridad que gobierne y personas que obedezcan. Este principio benedictino de convivencia tiene también valor para la vida cristiana y para la sociedad en general: allí donde no se respeta la autoridad legítima ni se vive la caridad, surgen el desorden y la anarquía. La armonía social
no es solo una necesidad práctica, sino una expresión profunda de la virtud de la caridad, que debe regir
nuestra vida cotidiana.
Ora et labora
Las dos grandes actividades benedictinas son la oración y el trabajo. La oración es el medio más excelente para encontrar a Dios, hablar con Él y permanecer en su presencia. El monasterio es, ante todo, un lugar de oración en sus diversas formas y, de manera especial, de oración litúrgica. Por eso, la obra propia y distintiva del benedictino es la liturgia, mediante la cual glorifica a Dios con las palabras y los ritos instituidos por la Iglesia, únicos capaces de rendirle el honor debido y portadores de palabras de vida eterna.
También el cristiano puede fundamentar su oración en la liturgia. En ella se integran la Eucaristía, los sacramentos y la liturgia de las horas, compuesta por lecturas y salmos que el mismo Jesús rezó. La liturgia une a toda la comunidad monástica y, más ampliamente, a todos los cristianos que formamos la Iglesia. Dios está siempre presente, como recuerda san Benito:
«Dios está en todas partes, pero sobre todo cuando celebramos la liturgia».
Junto a la oración litúrgica está la oración personal, alimentada por lo que san Benito llama lectio divina. Esta práctica consiste principalmente en la lectura meditativa de la Sagrada Escritura, cuyo conocimiento permite comprender más profundamente la liturgia que se celebra. La lectura sostiene y da consistencia a la oración. Al meditar en los libros santos la grandeza de la revelación de Dios y su amor por el hombre, el creyente descubre también los medios concretos que tiene en su vida diaria para buscar a Dios con mayor intensidad. Esta lectura no se limita a la Biblia, sino que se extiende también a los Padres de la Iglesia y a los autores espirituales de todos los tiempos, cuyas obras pueden revelar algún aspecto del misterio de Dios y de su Reino.
La lectio divina, tan cultivada por los benedictinos y tan característica de su vida espiritual, es también patrimonio de todo cristiano. Por ello, quien vive en el mundo puede practicarla con profundidad sin necesidad de imitar exteriormente la vida monástica. Junto a la oración está el trabajo. El benedictino vive del trabajo realizado dentro del recinto del monasterio. También los cristianos que viven en el mundo trabajan para sostener a sus familias, asegurar el futuro de sus hijos –en quienes está también el porvenir de la Iglesia– y desempeñar sus responsabilidades en los distintos ámbitos de la vida: la profesión, la cultura, la política o los diversos asuntos temporales. Viviendo así, ponen en práctica el conocido principio benedictino: ora et labora.
A esto se añade la práctica de las virtudes evangélicas que san Benito recoge en una lista de setenta y cuatro máximas, a las que llama instrumentos de las buenas obras. Constituyen una especie de directorio para el examen personal: breves sentencias morales, claras y precisas, que comienzan con el primer mandamiento del decálogo y
concluyen con la exhortación a no desesperar nunca de la misericordia de Dios. Tanto los benedictinos como los cristianos de cualquier estado de vida que orienten su conducta según estas normas pueden purificar su interior y afinar su vida espiritual mediante un examen de conciencia frecuente.
Es cierto que el retiro, el silencio y el ritmo propio del monasterio dan a la jornada monástica un estilo que difícilmente puede reproducirse en la vida del mundo. El benedictino, además, hace promesas de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia. Sin embargo, estos valores pueden inspirar también la vida del cristiano seglar. En la medida en que tanto el monje como el cristiano en el mundo se liberan de aquello que entorpece su
vida espiritual, cada uno encuentra el carácter propio de su vocación, y ambas formas de vida se vuelven complementarias al servicio del bien común.
Estos son, en síntesis, algunos de los valores esenciales de la Regla benedictina que pueden inspirar la vida del cristiano comprometido. La vida monástica no es, en lo esencial, distinta de la vida cristiana. Es cierto que para ser monje es necesario vivir según la Regla; pero, como decía Bossuet, esta no es sino «un compendio del Evangelio». Y puesto que el cristiano que vive en el mundo también se rige por el Evangelio, su manera de vivirlo –sin ser
una copia de la vida monástica– puede inspirarse legítimamente en la tradición benedictina.
De este modo, podemos responder afirmativamente a la pregunta inicial: sí, es posible vivir el espíritu benedictino en medio del mundo, y hacerlo de una manera auténtica, adaptada a la propia vocación cristiana.
