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Un mes, una orden

Figura 1. Historias de San Benito. (Predela del retablo Coronación de la Virgen), Temple
sobre tabla, 1414. Lorenzo Monaco. Colección Galería Uffizi, Florencia

Descubriendo el carisma, ¿qué queremos decir cuando hablamos de las distintas órdenes religiosas?

¿En cuántas ocasiones empleamos un término tan genérico como monja, sin pensar o tomar en consideración si se trata de una monja agustina, dominica o quizás premostratense? No llegamos a emplear esa especificación porque, quizás, desconocemos lo que las diferencia y qué rasgos las tipifican. De igual modo podemos referirnos a un monasterio, sin llegar a percatarnos de si se trata de un monasterio benedictino o cisterciense, pero ¿podemos enumerar las diferencias que hay entre ambos?

Distinguir y conocer esas diferencias implica adentrarnos en una realidad apasionante de ámbito espiritual y, también, histórico, que son las distintas órdenes religiosas. Detrás de cada orden, a modo de ADN que constituye su identidad, hay un carisma. Cada una posee su propio carisma fundacional único, que representa todo un legado de espiritualidad, un verdadero tesoro para la Iglesia y para el mundo, que responde a un sentido y a un porqué. Es decir, no surgen de forma espontánea o aleatoria, sino que se constituyen vinculadas a un tiempo y a unas necesidades de la Iglesia, en muchos casos para elevar el seguimiento de la fe en momentos de desviación o relajación, en otros casos para abrir el abanico de las distintas posibilidad del camino espiritual a la luz del Evangelio. Nacen por medio de la figura de un fundador o varios fundadores, personas de elevada santidad, cuya apuesta por seguir a Cristo, buscar a Dios y bajo la acción del Espíritu Santo, apuestan por una radicalidad, intensidad, novedad y hondura que resultaba tremendamente atrayente, como para suscitar seguidores que se unían a su forma de vida, desde entonces hasta ahora. Así se fue dando forma a un mapa en el tiempo de las distintas órdenes contemplativas.

Figura 2. San Antonio Abad, Temple sobre tabla 1450 –
1460. Joan Reixach. Colección Museo Nacional del
Prado, Madrid.

Para encontrar los inicios tenemos que remontarnos a los tiempos del monacato primitivo, desde finales del siglo III hasta el siglo IV, donde figuras como san Antonio Abad —quien en torno al año 270 d. C. se retira con 20 años de edad a vivir al desierto de Egipto tras vender todo lo que tenía— son consideradas referentes clave; de hecho, a este se le considera el padre del monacato cristiano y el iniciador de la vida eremítica.

En torno a los años 320-325 d. C., se funda el primer monasterio cristiano de la mano de san Pacomio (c. 292-348 d. C.), situado en el Alto Egipto, en la orilla oriental del río Nilo, en un emplazamiento conocido como Tabennisi. Comienza así la vida en comunidad o cenobítica, organizada en torno a una regla común. San Pacomio redactó una primera regla monástica y llegó a fundar en vida nueve monasterios masculinos y dos monasterios femeninos (con la ayuda de su hermana). Se le considera en la Iglesia como el padre del monacato cenobítico.

Testimonios de la época cuentan cómo en torno a los años 330-400 d. C., se produjo una auténtica explosión de búsqueda espiritual con base en una vida retirada del mundo: eremítica, ascética, monástica (en su sentido más literal de vida en soledad, aunque pudieran articularla en torno a una vida cenobítica o en comunidad). Había una frase que se volvió muy común en aquella época y que resume lo que pasaba: «Las ciudades se habían convertido en desierto, y el desierto se había transformado en ciudad». Esta aparente paradoja refleja bien la sensibilidad de la época, en la que se anhelaba una verdadera riqueza y felicidad que no se podía encontrar en la forma de vida que ofrecía la ciudad, el mundo o la sociedad. En cambio, el desierto, desprovisto de frutos materiales, siempre se ha mostrado rico en frutos espirituales. Todo esto podemos encontrarlo en la página web del monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí (Egipto) —conocido también como monasterio de la Transfiguración—, que comenzó a establecerse durante aquella época de pura efervescencia espiritual como centro de vida eremita, hasta constituirse en un monasterio que ha continuado en funcionamiento de forma ininterrumpida hasta hoy, siendo el monasterio cristiano más antiguo que existe.

Figura 3. Detalle del cuadro la Tebaida. Temple sobre tabla. Hacia 1410. Fray. Angelico. Colección Galería Uffizi, Florencia

Hay que dar un salto temporal y geográfico grande para llegar hasta el siglo VI en Italia, donde da comienzo el monacato occidental que llega hasta nuestros días gracias a san Benito Abad (c. 480-547 d. C.) o de Nursia (por su lugar de nacimiento); siendo el año 529 cuando se considera históricamente la constitución de la Orden de San Benito, con la fundación del monasterio de Montecassino en la región del Lacio (Italia).

Figura 4. San Benito Abad. Lápiz sobre papel verjurado. Siglo
XVIII. Autor anónimo. Colección Museo Nacional del Prado

Con base en su experiencia y sabiduría redacta su regla de funcionamiento, la famosa Regla de San Benito, elogiada por lograr armonizar el trabajo, el rezo comunitario y el estudio. Se suele resumir como «ora et labora». Estos aspectos configuran parte esencial del carisma de la orden, donde la relevancia que otorga al trabajo resulta de gran significación, pues pasa a ser uno de los pilares del camino espiritual de sus monjes, junto con la oración y la lectio divina (el estudio meditado de las Escrituras). Hoy en día puede parecer algo normal, incluso obvio, pues para vivir todos tenemos que trabajar; pero si retrocedemos a aquel momento, aquel hecho resultó ser revolucionario y hasta temerario, ya que san Benito establecía que el trabajo fuera manual, realizado con las manos, algo que era propio únicamente de esclavos o plebeyos. Debemos recordar que las tradiciones, la cultura y la forma de vida propias del Imperio romano seguían profundamente vigentes en la Italia de entonces, aunque a nivel político el Imperio de Occidente ya no existía como tal. Además, san Benito, al igual que muchos de sus seguidores, procedía de una antigua familia de origen patricio itálico romano, lo que significa que su linaje estaba completamente arraigado en la aristocracia local y procedía de una familia noble (liberiori genere). En la mentalidad tradicional de la época, los patricios y nobles romanos consideraban algo degradante e indigno de un hombre libre el trabajo físico, especialmente la agricultura, la artesanía o la construcción, que estaban reservadas casi exclusivamente a los esclavos o a las clases sociales más bajas (la plebe). Los aristócratas romanos se dedicaban únicamente al otium (el tiempo libre dedicado al estudio, la filosofía, la política, la retórica, el derecho y la administración). Así que, para sus monjes, dedicar gran parte del día a realizar esos trabajos físicos y manuales representaba una verdadera ascesis, un camino arduo para cultivar la humildad, el abajamiento y la pobreza. Prácticas, todas ellas, encaminadas al logro de la virtud y la liberación del espíritu. Más adelante, con el surgimiento de otras órdenes, se podrá ver cómo estas prácticas para desarrollar esas virtudes y cualidades se «resignificarán» de otros modos.

Con san Benito estamos viviendo históricamente un momento bisagra, de paso de la cultura clásica a la Edad Media. Dentro de esos cambios y de la profunda transición social y política, los monasterios se convertirán en oasis de preservación de la cultura, prácticas, modos y terminología propios de la época romana.

Figura 5. Santa Escolástica. Impresión en zincografía sobre papel. Siglo XIX. Autor desconocido. Museo Nacional de Cracovia

La orden benedictina cuenta con una rama femenina o segunda orden, que se crea de la mano de santa Escolástica de Nursia (c. 480-547 d. C.), hermana gemela de san Benito; compartían ambos una elevada sensibilidad y anhelo espiritual. De forma inmediata al asentamiento definitivo del primer monasterio de la rama masculina, a unos 8 kilómetros de distancia, en un valle llamado Piumarola o Plombariola, se funda el primer monasterio benedictino femenino.

La rama femenina va a asumir por completo el carisma de la orden: no inventó un código de conducta nuevo, sino que adoptó de manera íntegra la Regla de San Benito y su forma de vida. Las monjas profesaban los mismos votos de estabilidad y obediencia, y organizaban su jornada bajo el idéntico equilibrio del «ora et labora» (oración litúrgica y trabajo manual).

Hasta aquí comenzamos el recorrido por la formación de las órdenes religiosas de vida monástica o contemplativa hasta llegar a la orden benedictina, que da comienzo al monacato occidental que aún perdura en nuestros días.


¡Continuará!

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