Testimonio vocacional de Sor Veronicah desde el Monasterio de Santa Brígida de Paredes de Nava (Palencia): “El Señor ha hecho en mí maravillas”. ¡Gloria al Señor!
Mi nombre es Veronicah Kerubo Matabori, tengo 49 años y soy de Kisii, Kenia. Soy la penúltima de una familia de ocho hermanos y como monja, pertenezco a la Orden del Santísimo Salvador y Santa Brígida. Vivo en la comunidad del Monasterio de las Brígidas de Paredes de Nava, en Palencia. Soy de votos perpetuos.
Mi historia vocacional comenzó a una edad temprana. Doy gracias a Dios por haberme dado una familia muy unida y unos padres que fueron modelos cristianos. Recibí una buena formación en un ambiente favorable para alcanzar mis deseos. Mi infancia y mi juventud estuvieron envueltas en un ambiente religioso propio de mi país natal y, fundamentalmente, de mi familia.
La vocación
Fui escolarizada y educada en un colegio de monjas y, a los doce años, me apunté a un grupo de chicos y chicas con inquietud vocacional a la vida consagrada. Terminé los estudios primarios, la Secundaria y el Bachillerato, y después cursé un Grado Superior en Administración y Gestión.
En enero de 1999, cuando terminé los estudios universitario, me fui por motivos laborales a Mombasa, una ciudad costera al este del país, muy lejos de Kisii, mi pueblo natal. Durante este tiempo, por mediación de un sacerdote, conseguí un trabajo en la catedral y algunas veces en el obispado cuando hacía falta. No había desaparecido en mí el deseo de ser religiosa, pero no había tomado aún la decisión.
Siempre le daba largas a Dios; para mí era difícil saber si esta era Su voluntad y también me sentía limitada, llena de defectos para realizar dicha vocación. Consideraba a todas las hermanas, religiosos y sacerdotes como santas y santos porque los veía vestidos de blanco. Pensaba que Dios no podía concederme el don de la vocación religiosa porque era algo reservado a almas privilegiadas.
“Sí” pero… ¿dónde?
Cuando me decidí a decir “sí” a su llamada, anduve buscando entre la vida monástica y la activa. A través del diálogo y el acompañamiento en el discernimiento, algunas hermanas y sacerdotes me ayudaron a ir madurando mi opción y a buscar congregaciones. Conocí al padre Patricio Munishi, sacerdote diocesano, promotor de las vocaciones y acompañante de jóvenes con inquietud vocacional en la archidiócesis de Mombasa, quien me comentó la existencia de un monasterio al sur de España.
Tuve miedo al principio, pero después Dios me concedió la valentía y, por este medio, me trajo a España el 23 de abril de 2019. Dejé a mi familia, a la que tanto amo y agradezco, especialmente a mis padres. Para venir a España también dejé otras cosas buenas: mi cultura, mi profesión y mi trabajo.
Como en el sur no encajé con el carisma de la comunidad, el mismo sacerdote me dirigió a lasBrígidas de Paredes de Nava, en Palencia. En junio de 2013, acudí hacer otra experiencia. Inicié así mi vida contemplativa y monástica, conociendo la orden brigidina, su carisma y su trabajo de elaborar dulces. Poco a poco me he ido formando y he ido creciendo cada día en mi relación con Dios y con las hermanas de mi comunidad. Además, he conocido otras gentes y culturas, que son una riqueza enorme en mi vida personal.
Desde que puse mis pies en este monasterio de las Brígidas se acabaron todas las dudas. Y aquí sigo en mi monasterio, intercediendo por todos. Vivo feliz y contenta. Como todos los mortales, a lo largo del camino he tenido en mi vida comunitaria momentos de alegría, “noches oscuras” y dificultades pero como dice san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se muestra en tu debilidad”, Y como María la Virgen, nuestra Madre, puedo decir: “El Señor ha hecho en mí maravillas”. ¡Gloria al Señor!
«Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad»
2 Cor 12,9
Con Él todo se supera
En cada etapa del camino se han presentado dificultades y problemas desafiantes, pero el Señor me ha dado la gracia de poder ir superando cada reto gracias a la fuerza de la oración, la confianza total en Dios y en mis hermanas, con quienes comparto la Mesa de la Eucaristía todos los días, lo que nos da la fuerza y la esperanza de seguir adelante.
Doy gracias a la comunidad en la que he encontrado el rostro de Cristo. Me he sentido amada y acogida,y me ha ayudado a vivir la fraternidad, la caridad y el amor sin aburrimiento. Gracias a todos los que me están acompañando.
Contad con mis oraciones, tarea principal de mi opción y presencia aquí en el monasterio: alabar a Dios, misión que me llena y me hace feliz.
Hermoso testimonio. Carlos