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La Liturgia de las Horas


La Liturgia de las Horas es la oración pública y comunitaria de la Iglesia.

Si entras un monasterio y suena la campana, no te alarmes. Seguramente están llamando al rezo, a la oración de la Liturgia de las Horas. Es la oración oficial de la Iglesia y está abierta a todos los que deseen unirse en comunión con Dios y con sus hermanos. Nos permite santificar el tiempo y las horas del día; unirnos a los fieles de todo el mundo que rezan a esa hora las mismas oraciones; crecer en la fe y el conocimiento de la Palabra de Dios; y recibir múltiples gracias.

Si es posible, la monja o el monje te invitará a reunirte en la iglesia o en la capilla para rezar con la comunidad monástica los salmos, lecturas y oraciones marcadas por la Iglesia para esa hora del día. Y si no sabes cómo hacerlo, no te preocupes, seguro la comunidad sabrá ayudarte.

¿Qué es la Liturgia de las Horas?

La Liturgia de las Horas es la oración pública de la Iglesia. Es una oración comunitaria. La oración de la Liturgia de las Horas abarca no solo al que ora, sino a la Iglesia, a la humanidad entera, a toda la creación. Quienes se unen a ella ponen voz humana a la oración del mismo Cristo.

Se la conoce como Oficio Divino. La comunidad reza unida un conjunto de oraciones cada día a diferentes horas, desde la mañana a la noche.

Los que participan en el Oficio prestan su voz a toda la creación y la ofrecen como alabanza y amor a Dios.

¿Por qué tenemos esta oración?

Sus orígenes los encontramos al comienzo del cristianismo. Los primeros cristianos eran constantes en orar. Se reunían en las casas para la oración y la fracción del pan.

Se establece la costumbre de orar a ciertas horas del día. Tales oraciones realizadas en común, poco a poco se van configurando como un conjunto definido de Horas. Es lo que hoy conocemos como Liturgia de las Horas.

¿En qué consiste esta oración?

El contenido principal de la Liturgia de las Horas lo constituyen los salmos, que son Palabra de Dios. Se enriquece con otras lecturas bíblicas y patrísticas y otros elementos como himnos y preces. En los salmos encontramos todos los sentimientos humanos. El que ora los salmos presenta a Dios los sentimientos de todos los hombres. Y Él actúa.

Quien ora con los salmos se reconoce en ellos y puede entrar en la mirada que Dios tiene de lo que el hombre está experimentando. Los salmos tocan los sentimientos del orante y se van transformando según el sentir de Dios. Los salmos entran en la vida de quien los reza para abrirles el corazón a una historia de salvación que supera la suya.

Historia

Históricamente, los judíos han rezado en intervalos fijos a lo largo del día.

El rey David, quien se cree escribió los salmos, proclama: “De tarde, de mañana, al mediodía, gimo y me lamento, pero él escuchará mi clamor”. (Salmos 55:18)

Incluso el profeta Daniel parece haber rezado a intervalos específicos.

Cuando Daniel supo que el documento había sido firmado, entró en su casa. Esta tenía en el piso superior unas ventanas que se abrían en dirección a Jerusalén, y tres veces por día, él se ponía de rodillas, invocando y alabando a su Dios, como lo había hecho antes” (Daniel 6:11).

El pueblo judío inició una tradición de rezar tres veces al día: mañana, tarde y noche. Esto creció hasta desarrollar un programa de oraciones de salmos en particular, ya que expresaban los múltiples deseos del corazón humano.

Jesús aparece rezando los salmos en varias ocasiones, como en una de sus palabras más famosas, del salmo 22, pronunciado desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Ya que la mayoría de los primeros cristianos eran conversos del judaísmo, continuaron con la tradición judía de rezar los salmos.

Este tipo de oración se mantuvo a medida que creció la Iglesia y, según señala el padre Timothy Gallagher en su libro Praying the Liturgy of the Hours [Rezar la Liturgia de las Horas]: “Por toda la Iglesia, en Palestina, Antioquía, Constantinopla y África, los cristianos se reunían en sus iglesias dos veces al día para rezar los salmos. Diariamente se reunían para los ‘himnos matinales y nocturnos’”.

La liturgia de las horas en los monasterios

En los monasterios se extendió la costumbre de rezar los salmos siete u ocho veces al día, en un esfuerzo por vivir las palabras de san Pablo de “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17).

Esta tradición tiene la siguiente forma:

Maitines (durante la noche, a menudo a medianoche); también llamados Vigilias o Nocturnos (Oficio Nocturno)

Laudes u “Oración de la mañana” (al amanecer o a las 3 a.m.)

Prima u “Oración de la madrugada” (Primera Hora, en torno a las 6 a.m.)

Tercia u “Oración de Media mañana” (Tercera Hora, alrededor de las 9 a.m.)

Sexta u “Oración de Mediodía” (Sexta Hora, en torno al mediodía)

Nona u “Oración de Media Tarde” (Novena Hora, en torno a las 3 p.m.)

Vísperas u “Oración del Atardecer” (en torno a las 6 p.m.)

Completa u “Oración de la Noche” (antes de ir a dormir, normalmente a las 8 p.m. o 9 p.m.)

La Iglesia extendió los 150 salmos a lo largo de estas horas y con el tiempo terminó creando un ciclo de oración. Actualmente consiste en un Salterio de cuatro semanas con el que se rezan todos los salmos en un periodo de cuatro semanas (si se observan todas las “horas” de oración).

Los monasterios contemplativos mantienen este ritmo de oración.