Vivir de fraternidad

Un relato conmovedor que describe el amor y la fraternidad que se vive en un convento femenino de clausura en el que cuidan a una hermana aquejada de Alzhéimer. 

Poco a poco fueron llegando a su vida los pequeños despistes, las distracciones, las pérdidas de orientación dentro de su querido convento. Convento vivido y amado en el que la Hermana, lleva postrada en cama más de cinco años. 

 Acompañada por sus hermanas, no ha pasado ningún minuto sola desde que la enfermedad dio la cara definitivamente. Y poco a poco, la enfermería se ha ido convirtiendo en un pequeño sagrario. Después de Jesús Sacramentado, lo más valioso se encuentra allí; “nuestro tesoro”, así la llaman el resto de sus hermanas.  

Siempre hay dos de ellas muy pendientes; cuidándole con delicadeza, esmero, y mucho amor. Porque hace falta mucho amor. Las cosas no siempre salen como se tiene previsto, y El Señor siembra de pequeñas cruces esa extraordinaria dedicación. A veces es no llegar a tiempo a un rezo, a una recreación, tener que volver a realizar lo que se ha hecho cinco minutos antes porque la naturaleza ha obrado por su cuenta. Y eso cuesta, y cuesta ofrecérselo a Dios con una sonrisa. La entrega es tan generosa que las pequeñas o grandes contradicciones, los disgustillos, el cansancio… todo reposa sobre el pecho de Jesús.  

Cada tres horas el cambio de posición es obligado para evitar la formación de escaras. Se alimenta mediante una sonda que al principio sólo daba problemas; a la Hermana le costó mucho acostumbrarse, y al resto, también. Los continuos manotazos para quitársela y su éxito, derramaban en contenido de la sonda… ¡una faenita, vaya! La solución fue cubrir sus manos con unas manoplas a las que se resistió mucho, pero que hoy forman parte de ella. 

Cuando comienza a llegar el calorcillo y para que la Hermana no olvide deglutir, con muchísima paciencia y tiempo, una hermana le va dando poquito a poco una gelatina ¡están en todo sus hermanas! 

Las más jóvenes y las mayores prestan con alegría ese servicio, que se prolonga durante todo el día de todas las semanas de todos esos años, que ya se van sumando… son las verónicas que limpian el rostro de Jesús durante su Viacrucis. Compañeras en el dolor que con su entrega, hacen más amable la vida de Aquélla a quien Jesús ha querido que le de gloria de esa manera; en una cama y cada vez con menos destellos de lucidez. 

Durante la mañana el convento vive con más ajetreo. Entre rezo y campana, campana y rezo, hay que trabajar, limpiar, cocinar…un sinfín de labores que nunca se acaban, porque gracias a Dios, son muchas. Pero de vez en cuando, en un “descuido”, alguna escapa a la enfermería para respirar esa paz, que sin darse cuenta, transmite la Hermana… ¡Los misterios de Dios son insondables…!  

A veces, una hermana baja a realizar su labor a la enfermería, pero no puede. Se le van los ojos mirando a Aquélla escogida por Dios ¡Qué regalo! ¡Sólo se puede acompañar, admirar y callar!  

La Hermana en su poquedad, ha pasado a convertirse en el centro de la vida de su amado convento. No lo ha escogido Ella, pero lo hizo Dios. Y ahora, sin conciencia de su valor, es el faro que alumbra a la Comunidad.  

La fraternidad se despliega en todo su esplendor, no hay ninguna que no vele, que no ore, que no esté presta a realizar el mínimo servicio. Y ese servicio es en realidad un sacrificio de amor porque a veces se hace cuesta arriba, pero Dios da el ciento por uno, a veces ya en la tierra. 

La enfermedad nunca es un camino fácil, se pasan malos ratos, a veces muy malos. Jesús se sirve de ella para llegar a los corazones abiertos al amor y la esperanza; y es un sufrimiento redentor, como bien han aprendido. El dolor es el comienzo de una historia de amor en el que se puede caminar junto a Jesús.  

Y junto a Jesús , Ella, seguida de todas sus hermanas.

En las manos de Dios

Sor María se ha ido al Cielo a la 1 de la madrugada, Día de la Resurrección. Ha partido como una hermana pobre de Santa Clara, colmada del amor y de la ternura de sus hermanas, con el rostro vuelto hacia la Virgen, a quien amó con especial cariño. 

El Señor se la quiso llevar con mucha paz y dulzura, sin necesidad de medicación. Todo muy sencillo y en silencio, reflejo de su propia vida. Las hermanas han vivido de una manera muy gozosa, una auténtica Pascua con ella. Su vida, enfermedad y fallecimiento han sido un canto de alabanza a Dios. A pesar de las cruces de la vida, cuando dejamos que el Buen Pastor nos ayude a llevar nuestra carga, la alegría se lleva y se transmite con sencillez y pureza de corazón. 

 Sor María, en brazos del Padre, intercede ya por SU querido Convento y por toda la humanidad. 

Laus Deo! 

 

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